
Soledad Vallejos
Hace diez años era difícil encontrar en Buenos Aires un restaurante que pusiera el ahumado en el centro de su propuesta. Hoy, el panorama cambió: hay locales especializados, cocineros que viajaron a Texas a estudiar la técnica, blends de maderas trabajados durante meses y carnes que se cocinan doce horas antes de llegar a la mesa.
El ahumado cruzó, además, las fronteras de las carnes y los pescados. También aplica para los quesos, vegetales, frutas y cócteles, y cada vez más personas quieren replicarlo en sus casas. Una técnica de miles de años que nació como método de conservación (con el humo se podía preservar los alimentos cuando no había heladeras) y que hoy vive en las cocinas argentinas un segundo momento de gloria, esta vez como búsqueda de sabor y experiencia.

Juan Ignacio Rousseau es cocinero y smoker con más de ocho años de experiencia, formado en la Patagonia y en Estados Unidos. Hoy, es el especialista de los ahumados de Foga, el restó de Palermo que abrió el año pasado con la idea de ofrecer carnes ahumadas como especialidad.
Rousseau arranca con una distinción que puede resultar obvia pero que muchos, quizá, no advierten: no es lo mismo una carne con olor a leña que una carne ahumada. “El primer humo de la madera, el que sale cuando empieza a quemar sus resinas, es tóxico e invasivo. Por eso cuando ponemos leña en un asado y el humo nos envuelve, todos nos corremos -grafica el experto-. El humo que busca un ahumador profesional viene después, cuando la madera ya alcanzó su temperatura y empieza a desprender sus aromas propios: los que diferencian al cerezo del espinillo o al manzano del quebracho. Ahí empieza el ahumado de verdad”.

Del asador al ahumador
Para Rousseau, el auge tiene varias explicaciones. “El argentino está acostumbrado al asado, al criollazo. Pero el ahumado, que es un proceso más técnico y controlado, no es tan accesible en la ciudad, y eso también nos lleva a innovar, a buscar nuevas formas de acercarse al fuego -dice el experto-. La Argentina es muy pasional y cuando algo nos gusta de verdad le dedicamos tiempo, le ponemos esmero. Para los que cocinamos, los ahumados son como un súper clásico”.
A eso se suma el efecto de las redes sociales, que acortaron la distancia entre lo que pasa en un ahumadero de Texas y lo que puede intentar alguien en una parrilla de Palermo un domingo, y los cocineros argentinos que viajaron y volvieron con referencias, técnicas y una mirada nueva.

El fenómeno no es solo local. Los inspectores y jurados de la Guía Michelin registraron en los últimos años un renacimiento claro de la cocina a la brasa y el ahumado, con 28 nuevos restaurantes de barbacoa en Texas en la edición más reciente de la guía, y una presencia creciente en Londres, Kioto y toda Asia. En Buenos Aires, eso se traduce en una oferta que no para de crecer, pero que Rousseau también mira con ojo crítico. “Hay muchos restaurantes que hoy ofrecen ahumados pero no lo tienen como especialidad sino como relleno de carta -desliza-. Ahúman directamente con astillas de madera sobre las brasas y con eso generan el sabor a humo. También se usa el humo líquido en guisados o risottos, o para sumergir pescados. Son técnicas válidas, pero no es lo mismo que un ahumado trabajado. La diferencia está en el control, en la intención y en el tiempo dedicado a entender qué hace cada madera, a cada temperatura y con cada corte”, sostiene.
Las dos grandes familias
Técnicamente, el ahumado se organiza en dos grandes métodos. En el ahumado en frío el calor no cocina: aromatiza. Es el método que se usa principalmente para charcutería y pescados, donde lo que se busca es el sabor, no la cocción. El ahumado en caliente, en cambio, logra las dos cosas a la vez: mientras el humo penetra la proteína, el calor la cocina en forma lenta e indirecta, generando esa terneza profunda que no se consigue de otra manera.
“El tiempo y la temperatura juegan papeles casi principales en los ahumados. Una exposición controlada al humo y una temperatura adecuada hacen que las proteínas incorporen sabores y mantengan sus jugos sin perderlos. Todos los agentes que ingresan -humo, calor, fuego- son corrosivos. Hay que saber cuándo parar”, advierte el smoker.

Dentro del ahumado en caliente hay además una distinción importante: el ahumado directo, donde el calor y el humo golpean la proteína desde abajo; y el indirecto, donde la fuente de calor está separada de la pieza y el humo circula alrededor. Este último es más suave, más controlable y más difícil de arruinar, especialmente para quien empieza.
Las maderas: el ingrediente clave
Si hay un elemento que define el resultado final de un ahumado es la madera. Cada especie tiene una composición química distinta, y esa composición se traduce en aromas específicos que el humo deposita sobre la proteína. Elegir bien la madera es, en ese sentido, tan importante como elegir el corte.

En Foga, Rousseau y su equipo pasaron dos meses probando mezclas de cerezo, espinillo, manzano y quebracho blanco hasta encontrar el blend que buscaban. “No solo la textura final sino que el aroma te permita reconocer las diferentes leñas, que cada bocado te deje apreciar los diferentes sabores a maderas”, dice el especialista.
El concepto que guía esa búsqueda es, en palabras de Rousseau, el del humo gentil: “Que el humo no sea invasivo pero que sí esté bien presente, que nos permita verlo, olerlo y saborearlo. Para eso hidratamos las maderas y las mezclamos con tiempos distintos. No tiro madera por tirar. Cada una tiene su momento y va dejando su sello”.
Para quien quiere ahumar en casa, en Argentina son relativamente accesibles el espinillo, el cerezo, el manzano, el peral, el quebracho blanco y el piquillín. Rousseau recomienda el espinillo como punto de entrada: sabor intenso pero equilibrado, fácil de conseguir y de manejar. El cerezo y el manzano aportan notas más frutadas, nobles y frescas, ideales para quienes buscan un perfil más delicado. Para los que quieran usar quebracho, el consejo es mezclarlo con espinillo para moderar la intensidad. Y un dato clave: “La madera o leña debe estar lo más seca posible. La madera húmeda genera un humo amargo y denso que arruina el producto”.

Cómo ahumar en casa
No hace falta un ahumador profesional para iniciarse. Con una parrilla común y algunos elementos básicos se puede lograr un resultado interesante. “Algo bien casero: tapá la proteína con una asadera grande y alta que permita que el humo circule. Abajo, sobre las brasas, poné una bandejita de aluminio con astillas de leña para que vayan quemando y larguen humo sin llama. Y otra bandejita con agua para generar humedad a la cocción. Es importante hacerlo en los últimos veinte minutos antes de que termine la cocción, porque al no estar en un espacio cerrado y con temperatura controlada, si lo exponés mucho tiempo el humo va a generar una película dura en el exterior, como si hubiera plastificado la carne”, señala el smoker.
Para quien quiere ir un paso más allá, hay ahumadores económicos en el mercado y los más atrevidos pueden fabricar uno artesanal. La ventaja es el control: temperatura estable, circulación del humo regulada y la posibilidad de hacer cocciones largas. “Como primera experiencia elegiría vacío, brisket o cortes nobles. Maderas: espinillo, manzano, cerezo o algún blend equilibrado. Lo ideal sería un sistema de ahumado indirecto, que es más fácil para iniciar y controlar, a una temperatura de 150°C. Sería como un horno convector, pero con humo”, sugiere Rousseau, que aprendió a cocinar en el campo, entre fuegos encendidos temprano y mesas largas compartidas.
“Mi cocina nace de ahí. Aprendí que cocinar no es solo una técnica. Es familia, amigos, historias y recetas heredadas que pasan de generación en generación. Los ahumados, para mí, son eso: tiempo, respeto y memoria convertidos en sabor”, concluye Rousseau.
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