
El genio de la cocina popular criolla puede condensarse en el disco de arado. Una herramienta que encuentra en su segunda vida su máxima expresión: mitad sartén mitad paellera, es el utensilio emocional más querido por los argentinos, el que se usa solo en ocasiones especiales, el que representa la amistad y la reunión familiar tanto como el mismísimo asado.
Una comunión de fuego y humo reservada a la celebración y a las ocasiones especiales, bastante alejada del viejo churrasquero que usaba la peonada para matar el hambre en medio del campo.

El recetario popular del disco de arado
Con la transformación del disco de arado en elemento de cocina comenzó a moldearse un recetario popular inigualable. De ser un hierro de labranza a convertirse en el escenario de clásicos populares: del tradicional pollo al disco (ya sea a la cazadora o con crema y verdeo) y las bondiolas o pechitos de cerdo a la cerveza negra con mostaza y miel, hasta locros suculentos y guisos de montaña, arroz con mariscos, paellas criollas y las infaltables empanadas fritas en grasa.
“Por supuesto descartamos totalmente el uso de mecheros a gas”, cuentan los organizadores de la Fiesta Nacional de la Comida al Disco de Arado que se hace en Villa Yacanto. Y agregan: “Es importante el manejo adecuado del fuego, nunca se debe sobrecalentar el centro del disco, las leñas se colocan en forma de cuadrado cubriendo el perímetro así no se recocina el fondo de cocción, que es donde se juntan todos los jugos”.

Las recetas son tantas como la imaginación lo permita: estofados y salteados, frituras, brochetas, paellas; cocina de mar, de montaña o de llanura, e incluso preparaciones dulces como los panqueques flambeados, el disco transportado en el baúl de un vehículo puede hacer maravillas vaya donde vaya.
Cocinar con disco de arado
El disco de arado tiene la virtud de concentrar el calor en su centro cóncavo mientras mantiene una temperatura menor en los bordes. Como una sartén monumental, permite sellar a fuego y luego desplazar los alimentos hacia los costados para cocciones lentas e impregnadas del aroma de la leña.
Esta versatilidad ha seducido a las cocinas más sofisticadas. Por supuesto, llevar la mística del disco rural al ritmo frenético de un restaurante urbano representa un desafío logístico significativo. En Malcriado, el chef Leonardo Toltozan (@malcriado_fuegosyvinos) ha logrado sistematizar el uso del disco para garantizar rapidez, precisión y una experiencia sensorial inédita.

“En Malcriado trabajamos el disco como una técnica de cocina más dentro del sistema de producción. La clave fue ordenar y estandarizar procesos previos: tener fondos, salsas y bases ya listas, y trabajar con proteínas y vegetales porcionados. El disco funciona como una herramienta de terminación a alta temperatura, no como un proceso improvisado”
En Chizza, el chef Franco Malacisa (@chizzaresto) ha convertido el estofado de osobuco al disco en un sello identitario de su carta. “Al argentino le encanta el disco, es parte de nuestra cultura. En definitiva, más que una olla, funciona como una sartén muy grande. Pero la gran ventaja aparece cuando lo combinás con fuego a leña: ese ahumado que le transmite la llama al hierro es totalmente distinto y es algo que con una olla convencional no se puede lograr”, cuenta Franco a Foodit.
Los secretos del osobuco al disco
- Malacisa recomienda la pata trasera del osobuco. “La parte delantera, en cocciones largas, tiende a desarmarse porque tiene más colágeno y nervios. Sugiero optar por patas enteras o cortes de medio kilo. Si el corte es muy chico, con la cocción larga merma mucho y después cuesta servirlo entero”.
- Sellado y punto de sal: salar la pieza desde el primer instante es indispensable para lograr una sazón profunda. En Chizza evitan el enharinado para no alterar el fondo de cocción y buscan un sellado fuerte inicial que caramelice la superficie.
- Fuego fuerte al principio: para ablandar el colágeno sin secar la pulpa, Malacisa rompe el hervor a fuego fuerte durante 40 minutos y luego baja la llama al mínimo.
- La alquimia líquida del disco incluye vino tinto (una botella entera por cada cuatro patas de osobuco), medio litro de vino Oporto para aportar un dulzor noble, hongos de pino, extracto de tomate y tomillo fresco. Un estofado tan rico que sirve además como base para sus aclamados tagliatelles con ragú de osobuco.

Anatomía metalúrgica
El viejo disco de arado está hecho de acero al carbono (familias SAE/AISI 1070 a 1080), con un contenido de carbono de entre 0.70% y 0.80%. Más tarde, se incorporaron trazas infinitesimales de boro (0.001% a 0.005%) para aumentar su flexibilidad.
- Espesor clásico: el calibre estándar para tracción a sangre era de 3/16″ (4.76 mm), otorgándole una inercia térmica óptima sin volverlo demasiado pesado.
- Inocuidad: el boro no es un recubrimiento químico superficial, sino un elemento atómico atrapado en la matriz del acero. No es tóxico, no migra a los alimentos y es 100% seguro para el consumo.
- Polimerización natural: por su porosidad microscópica, al curarlo con grasa o aceite caliente genera un esmalte negro antiadherente natural totalmente libre de químicos sintéticos.

El disco de arado en la historia
Diseñado originalmente en los Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XIX, el arado de disco llegó a la Argentina cuando el país se consolidaba como una incipiente potencia agroexportadora primaria.
Maquinaria agrícola finisecular fabricada por John Deere, Oliver o Case, los discos cóncavos de acero al carbono endurecido reemplazarían de una vez y para siempre al viejo arado de reja y vertedera. La nueva tecnología, aún tirada por mulas o caballos, permitía roturar tierras duras, rastrojos imposibles y suelos del Diablo.
El paisaje de la región pampeana fue transformado así por el tiro de yuntas bestiales. La llegada del tractor, hace 100 años, más que cambiar el método lo incentivó, iniciándose una revolución agraria. Los discos rotos o en desuso, agolpados en los talleres o puestos rurales sirvieron de inspiración: con solo recostarlos sobre el fuego, la conducción del acero al carbono podía cocinar un churrasco cómo los Dioses.
Después vino lo demás: tapar el agujero del centro del disco con un bulón o un remache en caliente para guisar o, con la masificación de la soldadora, añadirle manijas, patas y una planchuela de hierro en su circunferencia para emular una cacerola.
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