
Hay algo que ocurre cuando las mujeres hablan de comida y de trabajo: tarde o temprano aparecen las historias. Las de las abuelas que enseñaron a cocinar sin recetas escritas. Las de quienes empezaron de cero. Las de las que se animaron a cambiar de rumbo después de los 40. Las de aquellas que tuvieron que enfrentar prejuicios para organizarse. Y también las de quienes encontraron en la gastronomía una forma de construir comunidad, identidad y futuro.
Todo eso atravesó la segunda edición de “Mujeres que cocinan ideas”, el ciclo organizado por la periodista y divulgadora gastronómica Mónica Albirzú y la ingeniera agrónoma, Claudia Bachur que reunió a más de 200 personas en el auditorio del Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA) para reflexionar sobre el presente y el futuro de la gastronomía desde una mirada humana, productiva y cultural.

La jornada estuvo organizada en cuatro ejes —creación, negocio, tribu y legado— y reunió a referentes de distintos universos: cocina, vino, salud, turismo, producción, comunicación y artesanía. Pero lejos de funcionar como compartimentos separados, las conversaciones fueron encontrando un hilo común: la necesidad de volver a conectar con el origen de los alimentos, con los vínculos y con las personas que sostienen cada proyecto.
Atravesar el miedo
El primer panel, moderado por la periodista Carla Quiroga, secretaria de verticales de LA NACION, fue uno de los momentos más emotivos de la jornada. Allí participaron la científica María Sance, la cocinera y sommelier María Barrutia, la cocinera Ximena Sáenz y la neuróloga Leila Cura.
Sance, que es Dra. en Biología, Lic. en Bromatología y copropietaria y directora de triple impacto en Casa Vigil, habló de la tierra y de los productores rurales con una emoción difícil de disimular. “Soy hija de productores agropecuarios, de ahí viene mi amor por la tierra”, contó. También insistió en la necesidad de que los consumidores se involucren más con aquello que comen y entiendan de dónde vienen los alimentos. “No somos espectadores, somos protagonistas de lo que compramos y comemos”, afirmó.

Ximena Sáenz aportó humor y honestidad al describir el vértigo que acompaña cualquier proyecto creativo. “Tengo días con un montón de ideas, pero después viene el terror absoluto”, confesó. También recordó una frase de Osvaldo Gross que la acompaña desde hace años: “No sé si soy tan creador de recetas sino incansable buscador de recetas”.
Barrutia, que antes de dedicarse a la gastronomía estudió psicología, definió la cocina como un acto creativo y cotidiano al mismo tiempo. “Soy team miedo también”, dijo entre risas al hablar de los procesos de reinvención y de las dudas que aparecen cuando alguien decide cambiar de rumbo.
La neuróloga Leila Cura llevó la conversación hacia el bienestar y el acto de cuidar. Habló del valor del arte en los tratamientos neurológicos y dejó uno de los momentos más sensibles del panel cuando reivindicó el trabajo silencioso de los enfermeros. “Los grandes protagonistas son ellos”, dijo emocionada.

Nadie se salva solo
A medida que avanzó la jornada, apareció una idea que se repetiría una y otra vez: nadie construye en soledad.
En el panel dedicado a los negocios, la empresaria gastronómica Fernanda Sarasa recordó los comienzos de Sarasanegro en Mar del Plata y habló de los errores como parte inevitable del aprendizaje. “Cometés errores y aprendés de ellos”, resumió. Con el tiempo, explicó, entendió que gran parte del trabajo consiste en formar equipos humanos sólidos. “Encontrar un lugar para cada persona es un talento”, sostuvo.
Bárbara Diez, referente en la organización de bodas y eventos en América Latina, aportó -además del camino recorrido y la experiencia personal, con sus aciertos y errores-, su mirada sobre el valor de los encuentros y las celebraciones donde cada detalle construye experiencia, memoria afectiva y comunidad.
Por su parte, la cocinera y comunicadora Chantal Abad repasó su recorrido entre viajes, cocinas y televisión, mientras que la enóloga Oriana Zamora contó cómo el vino argentino pasó de dividirse simplemente entre “tinto, blanco y rosado” a posicionarse globalmente gracias al trabajo científico impulsado desde el Catena Institute of Wine. Hoy, señaló, uno de los nuevos desafíos está puesto en el desarrollo de vinos sin alcohol.

Una trama colectiva nacida en el Gran Chaco
Pero uno de los momentos más potentes del encuentro llegó con la conexión de Norma Rodríguez, presidenta de la Cooperativa de Mujeres Artesanas del Gran Chaco (COMAR), la red de mujeres artesanas indígenas más grande de la Argentina.


La cooperativa reúne a unas 2600 mujeres wichí, qom y pilagá de Salta, Chaco y Formosa que trabajan con chaguar, lana y carandillo. Lo que comenzó hace más de dos décadas como una actividad doméstica e individual terminó convirtiéndose en una enorme red de organización y desarrollo económico en una de las regiones más vulnerables del país.
Rodríguez contó que los comienzos no fueron fáciles. “Los hombres nos decían que teníamos que quedarnos en la casa”, recordó al hablar de las resistencias que enfrentaron cuando empezaron a organizarse. También explicó cómo, poco a poco, lograron unir comunidades que históricamente tenían prejuicios entre sí y construir una pertenencia común alrededor del trabajo artesanal y la identidad indígena.
Las redes que sostienen
La idea de comunidad volvió a aparecer con fuerza en el panel “La tribu”, donde la sommelier Marcela Rienzo defendió el valor de las organizaciones colectivas y sostuvo que los grupos se fortalecen “en la retroalimentación y en el intercambio de las personas”.
Desde Santiago del Estero, la referente rural Ana Laura Sayago habló sobre el desafío de visibilizar el trabajo de las comunidades del monte y convertir esa identidad territorial en una fortaleza. “¿Cómo hago para que mi contexto sea mi propuesta de valor?”, planteó.
También hubo espacio para una de las historias más cálidas de la jornada. Helga Yasci, integrante de la tercera generación de la familia fundadora de Essen, recordó cómo nació la empresa en Venado Tuerto, Santa Fe, a partir de las clásicas demostraciones de cocina entre mujeres. “Mi papá se dio cuenta de que no podía solo y necesitaba una tribu”, contó sobre los inicios de la marca y el sistema de venta comunitaria que todavía hoy sigue vigente.
Por su parte, Marina Lambertini, ingeniera agrónoma en Sueño Verde, profundizó en el desarrollo de sistemas productivos y nuevas formas de pensar la producción a escala.

Heredar sabores, historias y memoria
El cierre del encuentro estuvo atravesado por la idea de legado. Allí apareció la memoria afectiva de la cocina, aquello que se transmite incluso sin darse cuenta.
Verónica Wiñazki habló sobre “Comida de Abuelas”, el proyecto audiovisual que rescata historias y recetas familiares argentinas. Para ella, el legado es algo intangible: valores, gestos y formas de reunir a otros alrededor de una mesa. Recordó especialmente la emoción que sintió al conocer a Yolanda Italia Sassoni, una mujer de Buenos Aires que, con más de 100 años, preparó un pastel de papa frente a cámara mientras compartía recuerdos familiares y secretos de cocina heredados de toda una vida. “Me gusta pensarlo como un legado más que con un tinte nostálgico”, explicó Wiñazki sobre un proyecto que busca preservar mucho más que recetas.
Desde Jujuy, Magda Choque Vilca llevó la conversación hacia el territorio y las raíces andinas. Nieta de cocineras y formada como ingeniera agrónoma, explicó que sus grandes maestros fueron los agricultores y las mujeres de la cocina regional. Desde hace años trabaja para recuperar el valor cultural de los alimentos y construir una relación más consciente con aquello que consumimos.
La periodista y viajera Meme Castro habló sobre el viaje como forma de aprendizaje cultural y personal y contó que su mamá le transmitió la pasión por los viajes. “Me siento cómoda en lugares que me sacan de mi zona de confort”, dijo.

Por último, Gabriela Testa destacó el crecimiento del turismo gastronómico en Mendoza y el trabajo realizado alrededor de los caminos del vino, las rutas gastronómicas y nuevos productos identitarios como el aceite de oliva y el orégano.
A lo largo de toda la jornada aparecieron palabras que hoy atraviesan la gastronomía contemporánea: sustentabilidad, identidad, propósito, comunidad y territorio. Pero lejos de sonar como conceptos de moda, cada una de las expositoras las conectó con experiencias reales, con historias personales y con una misma necesidad de fondo: volver a darle sentido a aquello que comemos y compartimos.
Porque, al final, la gastronomía quizás no sea solamente lo que sucede en un plato. También es la trama humana que se construye alrededor.
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