
Georgina Lacube
Con solo nombrarla, la cocina de olla nos transporta a la mesa familiar, a las reuniones con amigos, a esos encuentros alrededor del fuego donde el tiempo parece correr más despacio. Guisos, locros, carbonadas, sopas y pucheros son algunos de sus máximos exponentes. Pero más que una técnica culinaria, se trata de una experiencia sensorial y emocional que encuentra en el invierno su mejor escenario.
“Es el refugio contra el frío o ese abrazo cálido que llega a través de un plato humeante. Y en cada una de sus preparaciones, se trata de invocar la memoria emotiva: el aroma persistente en la casa durante horas, la figura de una madre o abuela frente al fuego, y la paciencia necesaria para transformar ingredientes sencillos en algo extraordinario. Sin duda, es cocina de hogar en su máxima expresión, donde el tiempo se detiene para dejar que los sabores se entrelacen profundamente”, define Carlos Mendoza, director de Alimentos y Bebidas de Le Pain Quotidien.

Además de su poder evocador, estas preparaciones ofrecen una pausa en medio de la velocidad cotidiana. “Su auge se explica en parte porque buscamos y necesitamos ‘parar’ un poco el ritmo vertiginoso de la vida actual, y la cocina de ollas es un cable a tierra que nos invita a dejar de lado el celular: la mesa pasa a ser la principal red social que nos reconecta y nos invita a mirarnos a los ojos e interactuar”, agrega Diego Gaona, chef y dueño de Onna Catering.
Los pilares de una tradición
Aunque existen innumerables recetas, la cocina de olla se sostiene sobre tres principios fundamentales.
- El primero es el respeto por los productos de estación. Las raíces (zanahoria, batata, remolacha), las crucíferas (brócoli, coliflor, repollo, rúcula, entre otros) y demás vegetales invernales alcanzan durante esta época su mejor concentración de sabor y nutrientes, convirtiéndose en protagonistas naturales de estas preparaciones.
- El segundo pilar es el tiempo. En este universo culinario no hay atajos posibles. La cocción lenta permite que las fibras de las carnes se ablanden y que los almidones de los vegetales espesen naturalmente los caldos.
- El tercero es, justamente, la cocción prolongada. Durante horas, los ingredientes pierden parte de su individualidad para fundirse en una preparación nueva y armónica, donde cada elemento aporta profundidad y complejidad.

La importancia de la olla
En este tipo de cocina, el recipiente no es un detalle menor. Por el contrario, puede marcar una diferencia decisiva en el resultado final.
“La elección de la vasija no es estética sino técnica. Por ejemplo, los calderos de hierro son los reyes de la retención térmica. Distribuyen el calor de manera uniforme y constante, fundamentales para cocciones de muchas horas. Para estos casos también sobresalen las ollas de acero de fondo grueso, ideales por su durabilidad y conducción eficiente, las antigua de hierro, alguna heredada tipo Le Creuset, esmaltada, o la que tengamos a mano; eso sí, siempre que tenga tapa", precisa Gaona.
Por otra parte, cuando la cocción se realiza sobre leña, el humo se integra en la preparación, otorgando una nota ahumada imposible de replicar. Es un ritual que conecta al cocinero con el origen primario del alimento”, añade.

Una tradición que se reinventa
Lejos de quedar anclada al pasado, la cocina de olla atraviesa un renovado momento de popularidad gracias a su capacidad para adaptarse a los códigos de la gastronomía contemporánea.
“Hoy, el guiso se ha sofisticado, ya no es solo una mezcla de ingredientes, sino un lienzo para el chef. La tendencia actual se basa en el “emplatado de autor” que incluye texturas contrastantes: se sirve el guiso base y se termina en el momento con aceites saborizados, hierbas frescas, toppings crocantes (como gremolatas o frutos secos) y acidez vibrante, lo que equilibra la profundidad del sabor original”, cuenta Mendoza.
El arte de hacer un buen guiso
Rendidores, saciantes y versátiles, los guisos son quizás el emblema más popular de la cocina de olla. Y, según los especialistas, están mucho más al alcance de lo que parece.
“Cualquier persona puede hacer un gran guiso de lentejas, un puchero y hasta arroz con pollo. La clave radica en dominar los tiempos de cocción de los ingredientes y no poner todo al mismo tiempo. Por eso es bueno saber cuándo agregar el vegetal que necesita 40 minutos y cuándo el que solo requiere 5. Es cocina de observación básicamente”, explica Mendoza.

Si bien no existe una fórmula única, sí hay una lógica que suele repetirse. Todo comienza con el fondo de sabor que queda al dorar los ingredientes. Luego, si se utiliza carne, el desgrasado inicial resulta clave para obtener un caldo limpio y elegante. Finalmente, se incorporan los vegetales que aportarán estructura y consistencia, ya que los que se deshacen durante la cocción actuarán como espesantes naturales.
A la hora de hablar de ingredientes indispensables, ambos especialistas coinciden en destacar la importancia de una buena base aromática.
“Sin dudas la mirepoix, es decir, la tríada sagrada cebolla –apio - zanahoria junto con el agregado esencial del puerro, crea el esqueleto aromático. Por su parte, los vegetales de raíz como la papa, el zapallo y la batata no solo aportan volumen, sino que al soltar su almidón, otorgan esa textura aterciopelada que buscamos en un buen guiso. Creo que el zapallo cabutia es el principal protagonista en las ollas de invierno; también el choclo, el verdeo, el apio o cualquier verdura para arrancar un buen caldo de verduras. Si hacemos guiso de arroz o fideos, los infaltables son una buena salsa de tomates, laurel, y cubos de carne o albóndigas”, sostiene Gaona.
Versiones más livianas
Aunque suelen asociarse con platos contundentes, las preparaciones de olla también admiten versiones más ligeras.
“El guiso pesado es una elección, no una obligación. Se puede crear un plato potente y reconfortante manteniendo la ligereza mediante el uso de cortes magros (como el cuadril o el peceto) o aves sin piel. En estos casos, además, conviene enfocarse en una base de vegetales intensos y hierbas en lugar de grasas animales. Otra opción es utilizar huesos de ave para lograr un caldo colagenoso pero ligero, que da cuerpo sin saturar el paladar”, señala Gaona.

El sabor de la memoria
Entre todas las variantes posibles, el guiso de lentejas sigue siendo uno de los favoritos de la temporada.
“Su preparación es facilísima. Basta con cocinar con aceite de oliva vegetales de estación (cebolla, zanahoria, puerro, apio, ajo), laurel y levantar toda la base cocida con agua fría. Luego, sumar tomate rallado, papas en cubo y dejar las lentejas cocinar 30 minutos. Apagar el fuego y colocar perejil picado. Y voilá. Lo mismo con el puchero, que lleva carne con huesos, rabo, caracú, pecho, vegetales de raíz, apio, repollo, choclo. El caldo de este plato es la piedra de cualquier recuerdo de la infancia, de nuestros padres, de mesas largas, momentos que quedan para siempre. Para mí es el plato argentino por excelencia, todos alguna vez lo comimos; en mi caso crecí con este plato en General Villegas, mi madre lo hacía todos los lunes y lo disfrutábamos con mi hermano Horacio”, concluye Mendoza.
Receta
Con zanahoria, queso rallado y granos cocidos lentamente en caldo, este arroz con pollo del chef Diego Gaona logra una textura melosa y un sabor casero que nunca falla.
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